La misión de Kon Tobara, Wounds y Troncos se ha topado con alguien inesperado. Después de haber sido capturados por una tribu desconocida, su líder se ha revelado. El caballero Jedi Vrye Cinodos, después de haber abandonado la Orden años atrás, se ha convertido en el cabecilla del poblado donde el biólogo bothan y los clones se encuentran retenidos.

Después de haber expresado su evidente descontento con los Jedi, acusándolos de esconder el regreso de los Sith a la galaxia y de haber permitido las Guerras Clon, Vrye quiere conocer el motivo que ha llevado a la República a Mimban, y no va a liberar a Tobara y a sus compañeros hasta conseguirlo.

Lejos de ahí, en una marginal zona de obras de Coruscant, una oscura figura ha llegado a bordo de su velero solar al escondite del misterioso Darth Sidious. Después de reunirse con los líderes separatistas, el Conde Dooku ha decidido reunirse con su maestro para hacerle llegar una importante información…

Los pasos de Dooku resonaban entre las paredes del edificio de electricidad LiMerge. Al final del pasillo principal, una figura encapuchada esperaba con una mano sobre otra.

– Lord Sidious… – se dirigió el Conde a su maestro, al mismo tiempo que se arrodillaba.

– Levántate, Darth Tyranus – respondió Sidious -. ¿Dime, por qué has pedido que nos reuniéramos?

– Quería que supiera que el sistema de comunicaciones central de la Confederación ha recibido una alarma de alta seguridad procedente de Mimban. Parece ser que procede de la nave que transportaba el cargamento que encargó recoger usted hace unos años.

– Lo sé.

– ¿Lo sabe? – preguntó sorprendido Dooku.

– En efecto. Un biólogo de la República y dos soldados clon han sido enviados recientemente allí con la misión de conseguir información en relación a un proyecto separatista. Sin embargo, aunque ellos no lo supieran, realmente debían obtener el cargamento que ha activado la alerta separatista.

– Interesante… Quizá se encuentran con problemas, ya que el Consejo Separatista ha decidido enviar un crucero Lucrehulk a Mimban en misión de reconocimiento. Y no va a ir precisamente escaso de tripulación.

Sidious se giró hacia Dooku y le sonrió:

– No te preocupes, lo tengo todo previsto.

Después de esto, los dos lores Sith desaparecieron detrás de la puerta del despacho de Darth Sidious.

Lejos de la capital galáctica, en el planeta Mimban, los clones Wounds y Troncos, Kon Tobara y el androide BG-23 se encontraban en la choza de Vrye Cinodos:

– Así que estáis buscando una estructura escondida en la montaña donde os capturamos, donde se supone que vais a encontrar algo que ayudará a la República a ganar la guerra – repitió Vrye, después de conocer el motivo de la misión de sus invitados.

– Exacto – dijo Troncos -. Ahora, por favor, soltadnos. No vamos a ser un problema para vosotros.

– No, lo siento – respondió con firmeza el líder de la tribu -. No voy a arriesgarme a una catástrofe. Esa montaña está rodeada por un aura del lado oscuro muy fuerte y, sea lo que sea lo que hay ahí, no voy a permitir que salga.

Wounds, indignado, se dirigió a Vrye:

– ¡No tenéis ningún derecho a retenernos aquí! – dijo justo antes de dar un fuerte golpe en la mesa.

– Lo siento, miro para el bien de todos – respondió el Jedi, apartando la mirada -. Os vais a quedar aquí hasta que yo lo crea conveniente.

Justo después de que Vrye dijera eso, uno de los guardias que custodiaba la puerta de su cabaña entró corriendo a la sala y le dijo algo en voz baja a su líder, que salió rápidamente al exterior. En esa situación, los prisioneros decidieron ir tras él para conocer más acerca de lo que estaba pasando. Al salir por la puerta de la choza, vieron a una multitud en medio de la calle. Cuando se acercaron, se dieron cuenta que la gente estaba rodeando a un niño, atendido por Cinodos. El chico tenía la piel de un tono más claro que el resto de los miembros de su especie, y parecía estar inconsciente.

– ¿Qué ha pasado aquí? – preguntó Kon Tobara.

– Se trata de una extraña enfermedad que nos afecta desde hace meses. Más de veinte miembros de nuestra tribu ya han muerto a causa de ella, y no encontramos ninguna explicación sobre su origen.

– Puedo encargarme, si me lo permitís – ofreció el bothan -. Soy biólogo, quizá pueda ayudar con esto.

Vrye asintió y dejó que Tobara se acercara al chico. Este tomó el pulso al indígena, revisó sus ojos y oídos, y en pocos minutos se dirigió al líder de la tribu, que se encontraba a su lado:

– Esto es una intoxicación, no hay duda. ¿Hay algún tipo de alimento que habéis empezado a comer últimamente?

– Mmm… Hace un tiempo que descubrimos unas setas que nos permiten tener visión nocturna. Eso resulta muy práctico para nosotros, ya que en este planeta la luz no es muy abundante. La espesa vegetación y la densa niebla que cubren gran parte de la superficie nos dificultan mucho la visibilidad, y poder cultivar un alimento así nos ha facilitado mucho la vida.

– Quizás no tanto… Traed agua, por favor – pidió Kon, que procedió a provocar el vómito al chico. A continuación, le remojó la cara y le hizo beber abundante agua, haciendo que el chico recuperara la consciencia.

Pasaron dos días y, después de haber estado todo ese tiempo descansando en su choza, el niño ya volvía a jugar con sus amigos en las calles del poblado. Mientras tanto, BG-23, Wounds, Troncos y Tobara seguían cautivos en una de las casas y eran custodiados por cuatro guardias. Al mediodía, un mensajero de Vrye llegó allí e hizo una seña a los tres prisioneros para que le siguieran. Tras girar un par de esquinas, se encontraban en la choza del líder de la tribu, que en seguida les atendió.

– Voy a permitir que os vayáis – les dijo Cinodos -. Después de haber salvado a uno de los habitantes de mi poblado, y quien sabe a cuantos más, no puedo hacer otra cosa.

– ¡Muchísimas gracias, Vrye! – se alegró Kon -. Aunque ayudé a ese chico desinteresadamente, agradecemos tu gesto.

– De acuerdo, pero no tan deprisa – respondió el Jedi -. Podréis completar vuestra misión, pero yo voy a acompañaros a la montaña. Quiero saber que ocurre en ese lugar.

– Se trata de una misión confidencial para la República, no puede acompañarnos – sentenció Wounds.

– O eso o vais a seguir custodiados por mis hombres. Vosotros decidís.

Sin tener ninguna otra opción, los dos clones, el androide y el bothan se miraron y, después de unos segundos de reflexión, Troncos se resignó:

– De acuerdo… Trato hecho – dijo mientras estrechaba la mano de Vrye.

– Perfecto, pues mañana por la mañana nos vamos. Hasta entonces – se dirigió el líder a sus invitados, que volvieron hacia su choza.

Al día siguiente, justo cuando la luz del sol empezaba a iluminar las copas de los árboles, la misión que Palpatine había encargado a sus soldados siguió su curso. Después de caminar unos minutos, la montaña se reflejaba en los visores de los cascos de Wounds y Troncos. Tobara se acercó a la pared de roca y la revisó durante un buen rato, hasta encontrar una hendidura que parecía indicar la presencia de una puerta.

– Aquí hay algo – afirmó Kon -. Pero no hay ningún tipo de cerradura.

– Voy a probar algo – dijo Vrye, no muy convencido -. Hace tiempo que no practico, así que no aseguro nada.

De pronto, el Jedi colocó las palmas de sus manos en dirección a la pared de roca y la puerta empezó a abrirse. Gracias a la fuerza, Vrye había levantado un bloque de piedra de unos cuatro metros de altura y dos de anchura, haciendo posible la entrada a la estructura.

– ¡Vamos! Entremos – exclamó Troncos, que, junto al resto del equipo, se apresuró a desaparecer en la oscuridad de la cueva.

De pronto, un gran estruendo sacudió toda la caverna. La puerta había vuelto a cerrarse y la oscuridad era absoluta. Los dos clones encendieron las linternas de sus cascos, y alumbraron la sala donde se encontraban. Ocho colosales estatuas esculpidas en oscura roca volcánica parecían aguantar grandes columnas, de como mínimo veinte metros de altura, y un altar situado bajo otro gigante de roca presidía el salón. Vrye estaba seguro de donde se encontraban: era un antiguo templo Sith.

Continuará…

Capítulos anteriores: 

Capítulo I: Un equipo inesperado

Capítulo II: Información sesgada

Capítulo III: La luz escondida

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